CRISIS EN EL CUERNO DE ÁFRICA
Por Jorge Alcalde.
Casi cuatro millones de somalíes se encuentran en peligro severo de
morir de hambre, mientras el cuerno de África se expone a la peor sequía
de los últimos 20 años. Pero agosto está a la vuelta de la esquina y en
este fresco apéndice del sur de Europa preferimos mirar para otros
lados.
Las ONG de siempre siguen desarrollando su silente trabajo de campo y
transmiten mensajes de desesperanza. La situación es la más crítica que
se ha vivido en las últimas décadas. Más de 1,5 millones de personas
están siendo desplazadas sin rumbo en el interior del país. En este
momento habrá cientos de miles debatiéndose entre la vida y la muerte.
Algunos
(también los de siempre) han mirado al cielo y han encontrado un
culpable. Juan López de Uralde, por ejemplo, exlíder de Greenpeace y
actual impulsor del proyecto Equo, tuiteaba recientemente: "Hambre en
Africa por la mayor sequía en 60 años. ¿Podemos seguir pasando del
cambio climático? ¿Hasta cuando?". Ojalá fuera tan sencillo, Juan,
ojalá.
El stock mundial de alimentos se encuentra en mínimos
históricos. Y una prueba de que el dato no tiene nada que ver con las
variabilidades climáticas es que los países más ricos quieren y van a
aumentar la producción incluso en las zonas más azotadas por las sequías
recurrentes, como el África subsahariana. El International Food Policy
Research Institute acaba de publicar un estudio en el que se alerta de
que, desde 2006, países desarrollados de fuera de África han comprado
entre 15 y 20 millones de hectáreas de cultivo en el continente
hambriento. Ése es, al menos, el dato oficial, porque se sabe que hay
miles de hectáreas fértiles vendidas por los gobiernos más corruptos de
África a inversores extranjeros sin que existan contratos ni escrituras
de por medio.
Los principales compradores son China y Arabia
Saudí. En otras palabras, mientras países enteros como Somalia mueren de
hambre y los encargados de las políticas de ayuda al desarrollo se
desgañitan para que "África se alimente a sí misma", gigantes de la
inversión como China, incapaces de abastecer de alimentos a sus
crecientes poblaciones, están comprando las mejores tierras africanas y
reservándolas para tiempos de necesidad.
No es, pues, un problema
de clima atmosférico, sino de clima político y económico. Todos los
expertos en seguridad alimentaria reconocen que hay tres factores que
sirven de espoleta para la bomba de las hambrunas con mucha mayor
eficacia que las sequías. En primer lugar, el crecimiento exponencial de
la población urbana. Cuando gigantes dormidos como China o India han
despertado al desarrollo, el desplazamiento masivo de población desde
áreas rurales a grandes ciudades ha provocado un doble efecto: la
disminución de la producción agraria y la legítima pretensión de estos
nuevos núcleos de población de modificar sus hábitos de consumo
alimenticio. Miles de millones de personas abandonan las prácticas
agrícolas locales y se incorporan a un modo de alimentación más
homogéneo y global, lo que significa menos arroz y mijo y más harina,
maíz y carne.
Como consecuencia de ello ha aumentado el estrés sobre ciertos
cultivos, poniendo en peligro en algunos casos los stocks y convirtiendo
a algunos países en mucho más vulnerables a las llamaradas de precios
de las materias primas.
Un segundo factor agravante es la
dependencia del regadío. El 70 por 100 del consumo mundial de agua se
dedica ya a la agricultura. El 40 por 100 de la producción agraria
mundial procede del 18 por 100 de las hectáreas regadas. Es lógico, si
tenemos en cuenta que una hectárea de regadío puede ser hasta 8 veces
más productiva que una de secano. Pero el sistema se hace cada vez más
insostenible, a menos que se ideen políticas de introducción de semillas
modificadas genéticamente que permitan extraer aún más producción de
las mismas hectáreas regadas o se aumente el área regada mediante
trasvases y flexibilizando la política internacional de aguas (algo
altamente improbable).
El tercer elemento distorsionador es la
perversión de los biocombustibles. Una parte muy importante del grano
cultivado no va a ser consumido jamás como comida, sino que será
utilizado para fabricar combustibles ecológicos. La llegada al mercado
de estos combustibles ha puesto en serios aprietos el equilibrio de
precios de los alimentos.
Ante esta situación, China y Arabia
Saudí, entre otros, han empezado a buscar fuera de sus fronteras la
tierra que les escasea en su territorio y lo hacen, en muchas ocasiones,
aprovechando la inmoralidad de los gobiernos africanos, que no velan
por los intereses de su población. La inversión en terreno agrícola no
es mala de por sí: el dinero obtenido por estas transacciones podría ser
una interesante base de desarrollo para los países más débiles de
África. Si este negocio fuera transparente, estaríamos ante una
inesperada fuente de desarrollo que beneficiaría a ambas partes. Pero es
evidente que no es el caso.
Para colmo, las escasas partidas de
ayuda procedentes de Europa y Estados Unidos tienen que vérselas a
diario con la barbarie de las instituciones locales. En Somalia, por
ejemplo, las autoridades islamistas vetan el trabajo de las ONG y
bloquean las partidas de alimentos de emergencia.
Por mucho que
cambie el clima en la atmósfera, parece que aquí abajo, en la tierra, no
cambia nada. Y el hambre seguirá siendo una enfermedad crónica en el
cuerno de África que sólo podrá empezar a tratarse (y con pocas
esperanzas de curación) si se aumenta el circulante de dos recursos que
escasean cada vez más: la libertad y el desarrollo científico.
http://twitter.com/joralcalde
FUENTE: http://findesemana.libertaddigital.com/el-hambre-1276239276.html